Al faro, de Virginia Woolf
Escribo algún sinsentido y al poco lo tengo que borrar. Y es que pocas cosas se me ocurren acerca de esta pequeña maravilla de la ingeniería de la narración. Es mínima y a la vez exhaustiva. Una sensación de total calma y equilibrio dinámico, pero de un dinamismo lento, muy lento, que no exasperante. Entretenido, pienso yo. De cómo escribir una reseña de un libro sin casi, casi hablar del libro. Un nuevo género literario se forja en este pequeño cubículo de nada y poco más. Pero poco es mucho y lo digo bien alto. La nada es algo menos que lo mínimo, y sin embargo lo mínimo es mucho más que la nada. En Al faro hay una familia de locuelos, es decir, de personas; también hay una serie de personajes extraños que orbitan alrededor de dicha familia,... y luego, claro está: el faro. El faro es una figura y poco más (en determinado momento se le ve, pero poco): es la meta de un viaje que va lento, lento hacia la comprensión de sí misma y sus circunstancias, de Lily Briscoe, a quien proclamo ahora protagonista universal de la novela. Si ese trazo de tinta que mancha el lienzo cuando todo acaba es el faro o no lo es sólo lo sabe ella, pero sin duda es símbolo de que el lienzo es algo más que sólo un trozo de tela blanca y virgen. Quizá es las circunstancias, o quizá es sólo ella, pero es. Detrás de las circunstancias está el paisaje: una playa, un prado, un cielo azul a ratos enturbiado y una pequeña mansión a ratos llena de vida y de circunstancias, a ratos abandonada en la soledad de la memoria vaga. Y delante del paisaje están las circunstancias: esa mujer que no sabe nada y se la mira y se erige en centro del sistema orbital, ese misterioso señor que lo sabe casi todo, ese chico que se rebela ante la tiranía, ese hombre racional, esa nada,... O quién sabe.

0 Comentari/s:
[Publicar comentari]