The taste of tea es una película marciana que se sitúa entre una ciudad nipona y una montaña de las afueras de la propia ciudad, donde se encuentra el hogar de una familia de personas con una gran vida interior. Tenemos en el centro de la acción a la pequeña Sachiko Haruno, una personita introspectiva y circunspecta que es visitada eventualmente por una representación gigante de sí misma. Un yo (o un super-yo, quizá) que la mira de refilón y a escondidas y que aparece cuando menos se lo espera, en el jardín de su casa, en el patio de la escuela, o donde se preste.

Sachiko es una chica que bosteza ante los discursos de los demás,... y es que realmente sabe qué cosas sí son importantes en la vida. Y sabe que deshacerse de esa molesta doble telescópica lo es. Así que juega sus cartas en esa dirección y en el sentido inverso, es decir en el sentido de dar un giro completo sobre una barra vertical, ideal de cómo deshacerse de molestas figuras inertes y espías, derivado de las narraciones extraordinarias de su tío Ayano. Él es un ingeniero de sonido que un día defecó sobre un cráneo humano creyendo que era un huevo gigante, provocando que durante algún tiempo el fantasma del dueño del cráneo le persiguiera allá donde fuera,... luego se lo contó a su sobrino. Ayano es una persona bastante contemplativa; se para a ver a un tipo que batea piedras en un meandro del río, se para a ver como otro tipo se contornea al lado de una tienda de campaña, se para también a ver a una antigua amada que se adivina imposible de recuperar, e incluso se para delante de unos lunáticos que cantan una canción sobre una montaña mientras danzan en una coreografía plutoniana. Uno de estos lunáticos es el abuelo Haruno, un dibujante manga de prestigio que se dedica a jugar, a dibujar y a hacer poses. El abuelo posiblemente es el portador del gen lunático que, evidentemente, ha sido transmitido a las sucesivas generaciones de la familia. Pero quién no querría un abuelo así. Es más: quién no querría un presidente del mundo así. Yo, desde luego, sí. El abuelo Haruno es también el maestro de Yoshiko, su nuera,... Yoshiko es una madre risueña que quiere volver a trabajar y dibuja sin descanso las poses de su suegro para configurar una historia de superhéroes que debe hacer las delicias de sus compañeros de gremio, a la vez que aprende de él y de su actitud los profundos secretos existenciales del dibujo. A veces se toma un té con parsimonia. Aún hay un tercer dibujante en la familia: Akira Todoroki, el hermano de Yoshiko que ha adquirido fama gracias a sus dibujos, en los que sin duda vuelca su compleja psicología. Además de recibir palizas de su empleada por culpa de su involuntaria indiscreción, Akira compone una canción que se regala a sí mismo por su cumpleaños, con coreografía lunática incluída, para disgusto de Ayano, al que no le queda más remedio que grabar la composición en su estudio. Y eso a pesar de que Nobuo, el hijo del abuelo Haruno, esposo de Yoshiko y padre de Sachiko, se opone. En principio, Nobuo podría parecer el personaje menos espacial de la película, pero teniendo en cuenta que se dedica a hacer hipnosis a sus pacientes, y también a su familia, quizá no esté tan claro. Tampoco me parece nada normal que interrumpa las ensoñaciones de su hijo cuando sorprende a este en el tren de vuelta a casa, con los ojos cerrados y absorto en pensamientos amorosos.

Porque Hajime Haruno es un ser enamoradizo, además de mi personaje favorito (que me perdone la pequeña Sachiko). De hecho la película comienza con una fantástica escena en la que Hajime no alcanza la estación a tiempo para declararle su inconfeso amor a aquella chica que se marcha del lugar. Ese tren sale de su cabeza y pareciera que como en el cuadro de Magritte el tiempo se fuera a congelar. Pero no es el caso: a pesar de que el mundo le intenta convencer para rechazar el amor, al instituto llega Aoi Suzuishi, una chica en minifalda y con cara de ángel a la que le gusta jugar al go; y el soñador Hajime se queda embobado mirándola,... Resulta que a Hajime le gusta el juego en cuestión, pero de una manera moderada, claro que saber que tu amor platónico ha ingresado en el club de go del instituto es razón más que suficiente para convertirte en un campeón, seguirla hasta el citado club, sorprenderla con tus tácticas geniales, jugar una partida con ella, decirle que te encanta hacerlo (jugar con ella), conseguir que te sonría y luego regalarle un paraguas. Y si esto no es suficiente para conquistarla, habrá que recurrir al común atardecer, que también funciona.